San Miguel

INTRODUCCIÓN
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RAVES: EL FIN DE UNA QUIMERA

Por JAVIER BLÁNQUEZ

Dentro del amplio léxico que rodea a la música de baile, el vocablo 'rave' ha acabado estableciéndose como uno de los conceptos con mayor significado, uno de los más representativos (y con aura mítica) dentro de unas coordenadas de ocio bien particulares. La pregunta interesante, de todas maneras, es hasta qué punto resulta adecuado hablar de raves una vez se ha girado la esquina del siglo XX. Técnicamente, una rave como mandan los cánones debe cumplir unos requisitos (fiesta relámpago, ilegal, al aire libre) que, por lo que parece deducirse de un husmeo superficial de la actual cultura electrónica, cuestan ayuda y sudor para encontrar en cualquier evento nocturno con música a todo trapo. Resumiendo: hay quien se llena la boca con la palabra, hay quien asegura ser un raver curtido, hay quien jura una y otra vez que estuvo en una rave, pero la pureza de las mismas se ha consumido más rápido que la mecha de un cartucho de dinamita. ¿Son las raves que se jactan de serlo auténticas raves? La historia nos dice que no.

Entre 1986 y 1988 se produce, en Chicago y Detroit, una ordenación de los códigos de la emergente nueva música de baile. House, techno y acid se configuran como nuevas etiquetas, nuevas formas, a través de las cuales percibir el mundo con otros ojos. La pequeña industria del entretenimiento conectada con el sano acto de bailar (y decimos pequeña porque el fenómeno de los grandes clubes no aterrizaría hasta bien entrados los años 90), pese a la revolución estilística, seguiría siendo casi microscópica. Tanto en Estados Unidos (donde el house se estableció como una evolución del sonido disco pero apenas llegó a conectar con un público lo suficientemente grande que le sacara del underground en el que todavía anda metido) como en Gran Bretaña (país en el que se inició una tímida cultura de clubs en el otoño de 1987 después de que el primer sonido acid rebotara de Chicago a Ibiza y de allí a Londres), la música de baile no dejaba de ser para una minoría selecta que, pese a todo, iba ensanchando su cuerpo de adeptos.

En esta situación, un pequeño club en el centro de Londres, Shoom, vino a convertirse en el embrión de lo que años después, se comprobó, era un monstruo. Paul Oakenfold, Carl Cox, Danny Rampling, Andrew Weatherall, Terry Farley: todos estos nombres y muchos más se daban cita en un local para poco más de doscientas almas que es, hasta cierto punto, el primer paso que lleva a las grandes raves inglesas de finales de los ochenta, las que harían de los meses de estío de 1988 y 1989 los míticos "veranos del amor". Pero hasta llegar a ese estadio tuvieron que pasar cosas y un hombre, Tony Colston-Hayter, entrar en el terreno de juego. La cultura de clubs era un divertimento para una minoría selecta en los albores del movimiento acid. Aquellos primeros jóvenes ingleses que habían sufrido transformaciones en sus vidas durante sus vacaciones en Ibiza en 1987, a su regreso a la urbe, quisieron prolongar aquel estado de ánimo. Primero fue Shoom, más tarde Trip y, meses después, pequeños locales abrían sus puertas con el acid house más pujante en los altavoces. El problema es que aquello no estaba al alcance de cualquiera.

Tony Colston-Hayter, joven de clase media y de talento para las ideas geniales (un artefacto de su invención que permitía contar las cartas del blackjack le permitió amasar una fortuna vaciando casinos de medio mundo), amén de aficionado a la música y a las fiestas, vio la oportunidad de hacer negocio dándole a la gente lo que él siempre había deseado después de haber sido rechazado en la puerta de diversos locales: goce sin restricciones. El mecanismo que utilizó es lo que poco después conoceríamos como rave, una fiesta organizada al aire libre (o en almacenes abandonados, antiguos hangares, casas particulares a las afueras de la ciudad: en un principio las raves siempre se circunscribian al cinturón de la autovía M-25 -la llamada "orbital", de ahí el nombre del mítico grupo-) a la que todo el mundo tenía las puertas abiertas.

Con una publicidad en los puntos exactos y una red de "atención al cliente" ingeniosa (a través de una llamada a un buzón de voz vía teléfono móvil cualquier persona podía enterarse de la ubicación de una rave relámpago pocas horas -o incluso minutos- antes de que esta tomara comienzo) que evitaba la persecución policial, Tony Colston-Hayter hizo suyo un público ávido por descubrir el sonido de eso que llamaban house. La clandestinidad era necesaria: el conservador gobierno de Margaret Thatcher nunca habría permitido una aglomeración legal de tantas personas y tanta "música perniciosa", pero a la vez la juventud inglesa necesitaba una vía de escape a la mediocridad de los días de entre semana. La rave (combinación de fiesta, música, vanguardia y desafío a la autoridad) crea su código de esta manera, aunque será poco después, con las celebraciones mastodónticas al aire libre en la campiña británica, cuando todo adopte su significación auténtica.

Así pues, ¿por qué el fenómeno rave parece haber pasado a un estadio de simulacro, de espejismo, de realidad ficticia? A principios de los 90, en plena época de expansión de ese estilo musical llamado hardcore breakbeat / rave (letal combinación entre ritmos quebrados, acid house y techno), las raves llegan a su apogeo, pero a la vez al comienzo del declive de su pureza. Los festivales de verano, con carpa dance en el corazón del countryside, apuntan una vía de superación legal a la fiesta hasta el amanecer, y pocos años después, el permiso gubernamental a la apertura de los Superclubs (Ministry Of Sound en Londres y Cream en Liverpool a la cabeza) hace innecesario el traslado de la producción de una rave a un lugar concreto. ¿Para qué arriesgar pellejo, dinero y tiempo si a diez minutos de casa y llegando en transporte público se puede escuchar la misma música y vivir el mismo ambiente? En este momento, el fenómeno rave comenzó a agonizar.

Comenzó a agonizar en Inglaterra, entiéndase. La Criminal Justice Bill (ley del gobierno inglés que prohibía las raves) estaba siendo combatida desde todos los frentes (DJs, productores, clubbers, artistas en general) y cada vez había más posibilidades de organizar eventos de música de baile, también porque se manifestó como un sector proclibe al negocio y con intereses económico pujantes. Pero lo que destruyó el concepto de rave tal como se entendió fue su legalización: un Love Parade en Berlín, con permiso del Ayuntamiento, no es lo mismo que una fiesta en la playa en Goa, y ahora mismo el único país en el que un movimiento rave parece introducirse con un grado de pureza mayor es Estados Unidos, o eso es al menos lo que muestra el documental (disponible en DVD a través de la distribuidora madrileña Dock) "Better Living Through Circuitry". Y España no es una excepción.


GROOVE PARADE 2001: LA REVERBENA

¿Es el Groove Parade una rave o no lo es? Desde el momento en el que se puede leer en la web oficial de Florida 135 un ensayo como este, indiscutiblemente no lo es. No hay el factor clandestino, no hay la prohibición, ni siquiera hay la desorientación: todo el mundo puede saber tres meses antes cuándo, dónde y quién sin peligro de que ningún agente de la ley le muela los huesos. Pero eso, ya lo hemos dicho, ocurre en todas partes. Las raves sólo son reflejos de lo que fueron, y la conclusión a la que se debe llegar es que una rave actual (aunque algunas canónicas existen, aunque hay que bucear mucho en el underground para dar con ellas) tiene el encanto de que captura el "espíritu" de aquellas fiestas originales. Y en ese sentido, el Groove Parade puede considerarse como uno de los mejores ejemplos de la consecución de ese modus operandi, de todo el sentimiento que envuelve a una rave auténtica.

El factor esencial está en abrir los ojos y comprobar cómo la luz solar se derrama sobre la vista. Himnos absolutos de la música de baile como "The Sun Rising" (The Beloved) o "Belfast" (Orbital) han conseguido ser la descripción perfecta de una salida de sol tras una noche bailando, un instante de felicidad máxima. En el Groove Parade sale el sol, la felicidad se ensancha y la gente sigue al pie del cañón. Pero hay más factores desequilibrantes: llegar es sencillo, pero no siempre. Encontrar la antigua masia perdida en medio del desierto donde el Groove Parade enciende su mecha tiene su misterio, y sólo llegar implica un mérito añadido, como en toda buena rave. Pero si hablamos de una rave ejemplar, es porque el Groove Parade, además de capturar la esencia, innova en su campo: el concepto raverbena, introducido por el periodista Luis Lles, implica la combinación de techno y los elementos clásicos de una verbena de pueblo, platos tradicionales y sabor campestre.

Así pues llegamos a este punto: el Groove Parade merece el reconocimiento por haber conseguido armar una rave con todos los ingredientes necesarios, con la sensación de aventura, de incógnita, de hermandad, de entrega y de fiesta sin fin. Es lo que debe ser una rave en el siglo XXI, una perfecta fusión entre tradición y avance, original y epatante en lo musical. Y es que el cartel de esta octava edición (el próximo 14 de julio) sobresale en su line up: Jeff Mills, Roger Sánchez, Richie Hawtin, John Acquaviva, Francesco Farfa, el mago del drum'n'bass Fabio (que tras la edición del año pasado repite) y, por primera vez, el ideólogo del asian beat, Talvin Singh, un hombre que ha sabido fusionar como nadie la música electrónica y los ritmos jungle con el legado sonoro de su India natal. Además, los mejores DJs españoles, cuatro escenarios y comida para todos. Mírese por el lado bueno: no sólo tenemos la mejor imitación de rave posible, sino que encima se come bien. Aunque sea una vez en la vida, hay que verlo.


JAVIER BLÁNQUEZ



 
 
 


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